Su corazón entre mis piernas.

“No encuentro ni como, ni cuando, ni porque. Estoy infinitamente mal, y el porque es un misterio fatal.” Algo así dice la canción que estoy escuchando. No es casual. Wow! Sufro, por alguna razón, estoy mal. Dulce agonía de un dolor que ha aparecido tan fácil como ya alguna vez me saqué de encima.
Que efímero es el placer del bien estar. Como nos volvemos mierda en segundos, creo que ese problema deviene de mi abuso de una droga exacta. No es un ejemplo, yo abuso de la peor droga de todas, una que viene a verme cuando quiere, que logra hacer conmigo su voluntad. Es mágica, me hace inmensamente dichosa y me eleva hasta cielos rosas con fríos abrigos de cueros negros, a su vez me llena de pensamiento cuasi filosóficos, de cuestionamientos y dudas existenciales, que injustamente jamas responde. Me deja riendo desbordada de obscena felicidad que es tan breve como su presencia, estando muerta me hace sentir tan viva. Él es una droga deliciosa. Ya me he referido a él como mi droga predilecta, la que me gusta tomar hasta que me deja tumbada, entre las sabanas de alguna cama que solo huele a él, diciéndome a mi misma que es la última vez, que nunca más pruebo ese maldito elixir de sus apasionados labios, ni lo delicadamente torpe del roce de sus dedos en mi espalda, ni la melodía y lírica celestialmente elocuente que brota de su boca… Ni mierda, ni una vez más. Repito estas palabras como una máxima, como una oración de fe, pero aquí me tienen, nuevamente entre sus brazos besándome suavemente mi frente. Fantaseando que son otras las circunstancias, que finalmente no mendigamos amor, sino que vamos por toda su totalidad.
Me pregunto, no dicen las sabias lenguas que el ser humano aprende de sus errores? Acaso no debo considerarme como tal? Los veinte años no duran para siempre, definitivamente, el efecto residual de esta droga es una lucha mortal por una pequeña chispa de sentimientos que no cesan y dejan correr las lagrimas de verdad por una ilusión miserable, aunque jamas dejaremos de soñar. Me aturde esta música jazz, después de ver mi palabras desvanecerse entre mis cenizas y me marea esa brisa impertinente que no se de donde llega para golpear mis mejillas. Me divierte la idea de matarnos en algún sillón, bien instalada en su pecho en algún antro lleno de fotos y cervezas heladas. Espero que me mire y me diga, algo, alguna de sus frases hechas y practicadas en otros miles de oídos y que al llegar a mi sean, de una vez por todas sentidas, por él, esa esfinge de piedra preciosa, que solo quiere clavar su corazón entre mis piernas.

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