Cirujano.

Camino entre el frío, ese frío que poco me gusta. Realmente me deprime este clima Londinense que recubre Buenos Aires. No me gusta abrigarme y tener que acarrear mi paraguas por toda la ciudad, esquivando otros paraguas abiertos que protegen a todos los demás seres en la calle, que caminan ensimismados y por lo cual debes agradecer de llegar a destino con tus dos ojos ilesos. 

Ya hace varias semanas que ando esperando encontrar su rostro desalineado por mis recorridos habituales, y por los que rompen mi rutina también. Tomo el tren, siempre en el primer vagón, miro por la ventana en cada estación y una vez que termina el recorrido también busco tu cara en las otras millones de caras que caminan delante de mis ojos todos los días, como los extras de una película que se reproduce en cámara rápida para no hacerme perder el tiempo. 

Me gusta echar culpas y decir que es el clima la razón de esta desesperanza que me agobia hasta las ideas. Me llena de desesperación. Hace semanas que no rio, hace semanas que no encuentro una buena razón para dejar de escuchar aquella playlist que escucho cada vez que me deprimo. Todo esto se debe a que soy consciente del hecho de que nunca supe lo que era reírse estúpidamente sin motivo hasta que te conocí, jugaste con mi alma y algo desconfiguraste. Maldigo saber que no haya cirujanos que arreglen las almas, como la mía, que hoy no sabe que le pasa. Por lo cual deseo encontrarte y aunque sea emparches por un rato lo malo de mi alma. 






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