Tienes un apartamento nuevo, a la primer persona que llamaste fue a mi. Pasamos lo joven de la noche en una plaza, entre cervezas y licores. Tu estado etílico cuando llegue ya estaba fuera de tu control, y eso no te privó de seguir de tragos conmigo.
Cuando llegó la media noche, partimos a tu nueva morada. No es nada ostentosa, un pequeño baño, una cama y algo que parecería ser una cocina. No me sorprendió, aunque sabiendo de donde vienes me llamó la atención lo feliz que eras ahí.
Charlamos largo rato, bailamos al ritmo de Elvis Presley, mientras acompañabas tu descoordinación diciendo que el baile no era lo tuyo, aunque recuerdo cuando eramos más jóvenes y pasábamos las noches en un bar de mala muerte bailando White stripes y Los Ramones.
Me miraste, me perdí entre tus ojos, me desvié y vi que es tus paredes blancas, casi inmaculadas, que había un beso marcado, un beso rosa. Sabiendo que era tu segunda noche ahí, quise convencerme que no era gracias a ti que estaba ese beso ahí. Igual reí, yo también estaba pasada de copas.
Agarré mi bolso. Mi cartera de maquillajes, y me puse mi labial mas sexy, me di cuenta por tu mirada, que logré mi objetivo, dejarte obnubilado, tonto. Trate de quedar radiante, y dedique el rato a dejar besos de un color rojo oscuro, como la sangre, como el vino que estábamos tomando, en las paredes haciendo un camino que me dejo tirada en tu cama.
Te dije: “Esta cama es mía, estamos de acuerdo?”. Sonreíste como nunca, respondiendo: “Esos besos son solo míos?”
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