Ella estaba sentada, mirando fijo a la nada. Creía que ya nada iba a pasar. Se sentó en el cantero de una casa abandonada que, a ella particularmente, siempre le gustó. Fumó un cigarrillo tras otro.Creo que fueron diez. Ese día les sentía gusto a fresas.Su estado anímico era lo más parecido a la desesperanza. Se sentía cansada, no veía lo que esperaba ni recibía lo que debía recibir. Miró por un rato la calle, esperando que algo pasara, por lo menos un auto. Nada. No pasaba nada. No cambiaba nada. El paisaje estático la llevó a formar parte de el. No se movía, su respiración era muy baja, y casi no sentía los latidos de su corazón. En un segundo el cantar de una chicharra la devolvió a la realidad. Con determinación entró a la casa, saltando la reja de metal frío, la puerta estaba sin llave. Corrió hasta el jardín. Respiró. Ella tenía que hacer que algo cambiara.
Era más de lo que ella esperaba encontrar. Un sombrío patio, con una piscina en el medio, recubierta por plantas. Ella volvió a sentir su corazón. Ese era su lugar. Así se veía la desesperanza.
En el medio de la noche, la noche oscura, bailó, rió y se sintió bien. Sola. Sola en ese gran jardín lleno de nada, de oscuridad, de silencios, de espacio, de desesperanza. Solo ella y la noche. Solo ella y su desesperanza, que se hacían compañía.
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