4,884 km.

Partamos de la base que querer a alguien es complicado. Ahora, sumemos el hecho de que ese “alguien” esta a 4,884 kilómetros exactos de donde estoy. Me prendo un cigarrillo y pienso en que fácil hubiese sido todo si los dados hubiesen jugado a nuestro favor desde el primer día. Uno encuentra el encanto en donde menos lo espera, en la persona menos indicada o en aquel que nunca tendrá la aprobación de nuestros padres. Pero como vamos siquiera a intentar pelear contra ese impulso inevitable, aveces hasta caprichoso, que nos mueve a pensar en esa otra persona que está a 4,884 km? Mierda, prendo otro cigarro, recuerdo nuestras charlas entre cervezas, hablando de libros, de lugares donde recorrer, donde ir juntos y saciar esa placentera sed de conocimiento, y pensar que en aquel entonces no nos separaba esta distancia. Pienso en las veces que me decías que estaba loca, que debía desestructurarme, romper un poco con las normas autoimpuestas, que empezara a vivir la vida…

Recuerdo que me repetías que estaba amargada por no comer dulces y fumarme un cigarrillo tras otro, mientras me sacabas uno del atado lo prendías y me abrazabas diciendo que íbamos a morir juntos. También recuerdo las mañanas donde me levantaba de la cama y me iba sin saludarte, que cosa seria, me veías y murmurabas casi entre sueños “ey, te quiero” , y yo cerraba la puerta y me alejaba pensando que te veía luego, hasta que con ese luego vinieron 4,884 km de distancia. Pongo un cd de Radiohead. Abro un libro, tratando de alejar mis pensamientos, hasta que el libro empieza a hablar de nubes, de cielos, de calles, de bicicletas, de madrugas, de cigarrillos, de cerveza, de babas y babitas, y otra vez estoy pensando en que tengo ganas de verte, de decirte que nos larguemos, que dejemos las pendejadas, que armemos las valijas y recorramos todo el planeta… Que locura. Me acuesto, pero las ganas de salir a ver la luna y fumarme un cigarrillo, o quizás dos, me sacan de la cama. Voy hasta la ventana miro la luna y otra vez me dan ganas de ser lobo, de gritarle a la luna que te devuelva acá, cerca, donde noches como esta te pueda ir a buscar, a tomar una cerveza y hasta robarte un beso o dos, no se. Quiero hacerme lobo y que una foto de mi cara mostrando los dientes termine cortada en forma de corazón iluminada por luces de neón arriba del escenario del antro de mala muerte en el que, seguro, estés sentado ahora… Con una cerveza y otra morocha.

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